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El tiempo se esfuma sin darnos cuenta 08 de Mayo del 2017 INTERNACIONAL

Pasamos mucho tiempo hablando del poco tiempo que tenemos. De cómo gestionar nuestros aparatitos. De la constante interpelación a intervenir, en una disposición operativa perenne. Con expectativas incesantes de respuestas y novedades. ¿Por qué se nos escapa el tiempo y, sobre todo, pasa esto más que antes? 

El tiempo, tal cual, es motivo de inquietud y están surgiendo muchos libros sobre ello. Y eso que es un tema sesudo, aparece Heidegger en cuanto te despistas. Acaban de publicarse Cronometrados, de Simon Garfield (Taurus), un paseo de anécdotas históricas; Tiempo (Tusquets), del filósofo alemán Rüdiger Safranski; Ser sin tiempo (Herder), un “manual de instrucciones” para esta era alocada, de Manuel Cruz, y Cronografías (Anagrama), de Graciela Speranza, sobre cómo el arte contemporáneo destripa la idea de tiempo. Están llenos de pistas para interpretar lo que nos está pasando.

Se podría decir que el tiempo propio choca cada vez más con el tiempo social. Viene de lejos, los griegos ya se quejaban de que el reloj de sol del ágora era una intrusión en el ritmo de la vida privada. 

Los nuevos inventos, tren, telégrafo, fotografía, comenzaron a comprimir el tiempo y espacio, y aparece otro factor decisivo, hoy desquiciante: lo simultáneo. Robinson Crusoe llega a una isla en 1659 y lo primero que se hace es un calendario, para sentirse en conexión con el mundo civilizado, un consuelo contra la soledad. 

Esta exaltación del presente es un fenómeno nuevo. Antes el tiempo rey era el pasado, la tradición, incluso lo nuevo se enlazaba con lo antiguo —el Renacimiento— y había una proyección al futuro, en Occidente, por un relato cristiano de salvación. Hoy el cineasta Alexander Kluge habla de “un ataque del presente al resto del tiempo”. 

El pasado es muy manejable, se puede buscar al compañero de pupitre o a una exnovia, y almacenamos cantidades increíbles de datos. Al mismo tiempo se consume el futuro: cuando nos endeudamos, al destruir el medio ambiente para las próximas generaciones. Ha muerto el largo plazo, todo es a corto: el tacticismo político, la remuneración salarial por objetivos. “La destrucción de toda posible experiencia de continuidad crea angustia e inquietud, el mundo se ha quedado sin tiempo”, concluye Cruz. Hay demasiada realidad, es muy penetrante, deja poco espacio y poco tiempo.

Solo con la llegada del ferrocarril se homogeneizaron los horarios en Reino Unido. En 1880, el país se unificó con la hora de Londres

Los expertos avanzan que un gran debate cultural del futuro será capitalismo digital acelerado contra desaceleración. 

La pregunta es dónde queda el tiempo propio, personal. Piense en la última vez que se aburrió, quizá por insomnio, o en un aeropuerto. 

El problema, obviamente, es existencial. Apagar el teléfono puede llegar a ser como cuando entras en un hospital: aparece el tiempo y, por tanto, la muerte. Este horror se cubre con un “tapiz de sucesos”, dice el filósofo, pero “se hace cada vez más corto el espacio de tiempo de la atención y cada vez más fragmentada la secuencia de la vivencia”. 

Goethe predijo ya hace dos siglos que el hombre está hecho para vivir en “una situación limitada”, y que el vértigo de la anulación de distancias le haría desgraciado. La cantidad de estímulos e información supera con mucho la capacidad de respuesta, la acción.

Hoy es difícil tener una sensación de eternidad, salvo quien tiene una hipoteca. Se impone pararse un rato a pensar. Y olvidarse a sí mismo, que es olvidar el tiempo, una bendición que da el arte o el amor. 

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